




También en la vida de cada hombre: basta que el corazón se inhiba un solo minuto, que deje de oir su voz y se retire su calor comunicante, su irradiación. Se siente entonces el hueco, la oquedad de la persona, del ídolo que necesita alimentarse de una víctima; se sienten deseos de matar. Hay que matar; un amor, una amistad, una hora de posible alegría y, el más crimen de todo asesinar la esperanza.
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